Instrucciones y casualidad

Aquellos que tengamos que ver algo, si quiera, con ordenadores o  algún tipo de máquina autómata, diariamente, nos vemos cara a cara con una clase de inteligencia no muy inteligente.

Se presiona un comando, se espera una respuesta. En general, cuando una situación no ha sido prevista con antelación por el ingeniero, técnico o científico, el aparato en cuestión se bloqueará; es decir, se quedará mudo de la impresión o se sonrojará por la vergüenza, pues no está en su naturaleza resolver una clase de problema no propuesta anteriormente.

Los ingenieros, o cualquier otro individuo que meta la mano en autómatas, tenemos una oportunidad especial en cuanto a la percepción de la vida. Si desarrollamos un programa para resolver un tipo de problemas, sabemos que lo hará y conocemos con precisión el alcance de esa solución en cierta realidad problemática, pues (teóricamente) la dominamos.

Cuando digo que sabemos su alcance, me refiero a que conocemos los límites de la resolución. Nos damos cuenta de que el algoritmo ha sido diseñado o elegido basándonos en un dominio del problema, mas no en toda la realidad problemática. Y lo aceptamos abiertamente, sin roches, puesto que lo que es mundo, mundo, no puede ser abstraído completamente, así nomas.

Tan acostumbrados podemos llegar a estar a esperar este tipo de respuesta de cualquier sistema frente a un estímulo, que, cuando tenemos más contacto con la vida humana o animal, es posible que  nos sorprendamos mucho más que cualquier otro al obtener una respuesta ante un requerimiento, según nosotros, no programado en esos seres. Porque es cierto; llegamos a pensar que todo comportamiento está programado y así entendemos la vida y la pseudovida, en base a intrucciones.

¡Qué minucioso analista! ¡Qué perfecto algoritmo! ¡Qué excelente codificador! Y sobretodo y si cabe más sorpresa, ¡vaya manejador de excepciones! (intención de un sistema por salvarse de algún error, como manotazos de un ahogado).

¡Y pensar que hay personas tercas en que todo aquello, es decir la programación con la que los seres vivientes venimos de fábrica, no es más que cosa fortuita! Me gustaría ver cómo un programa para algo tan básico como una calculadora se desarrolla solito, así, por pura casualidad, tan solo teniendo los recursos necesarios (un procesador y memoria), se dota a sí mismo de un alma y la hace linda. Me parece que para eso sí hay que tener una fe del tamaño de «una gran explosión».

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  • pfff =D

    yo opino que te gustó mucho el curso de sistemas orientados a objetos de castillo 🙂

    • Uhmmmm… ¿De verdad opinas eso, Clayder Alejandro? xD

  • pfff =D

    yo opino que te gustó mucho el curso de sistemas orientados a objetos de castillo 🙂

    • mariepizzer

      Uhmmmm… ¿De verdad opinas eso, Clayder Alejandro? xD